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Basura de la ancianidad 4 abril 2011

Posted by notitasenmicabeza in Personal.
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Hoy llegué a mi casa llorando. De angustia y de opresión. Por qué dios me habrá hecho tan sensible y gracias que lo hizo. Un señor mayor subió al colectivo. Su cara expresaba pesar, dolor, resignación. Era un clásico vendedor ambulante pero no tan clásico porque superaba los cincuenta (siempre me remito a la duda de los años mal vividos) y estaba armoniosa y prolijamente vestido. El jersey escote en ve color verde claro, engamuzado, junto con los pantalones de gabardina al tono y los mocasines lo hacían un señor muy pintón. Este señor vendía linternas por diez pesos. Muy buenas, multifunción. Hasta venían con las pilas. Un verdadero regalo. Sin impedirlo, casi deseándolo, me puse a llorar desconsoladamente. Ese rostro me decía tantas cosas…

La amargura de un trabajo nocturno, mal remunerado, de hecho sin remuneración alguna, con el peso de ser un estorbo para la sociedad, no parecían ser circunstancias dignas para ese prolijo señor.

A veces pienso que si no fuera consciente de estas cosas, la pasaría mejor pero abrirles la puerta me hace sentir horroríficamente viva. No entiendo y nunca voy a entender por qué un niño o un señor mayor, hombres o mujeres, tienen que trabajar en una edad que está hecha para no trabajar. Nunca voy a entender tampoco por qué nadie hace nada y por qué yo misma miro para otro lado. Enfrentar esa mirada, para quien acepta el trato, es desolador. Es tristeza y llanto.

Sentir y darse cuenta que ese señor prolijamente vestido puede ser nuestro padre, hermano, abuelo, o nosotros mismos, da miedo. Uno pagaría lo que sea por desentenderse. El argumento de “por algo estará donde está” es un consuelo para los pobres.

Cuando pienso en la ancianidad debo admitir que lo que mueve mi llanto es mi propia ancianidad, la de mi abuela que murió hace siete meses y aún no puedo dejarla ir. La tengo atascada en este mundo, en esta escritura que empieza a deslindarse con este poco de tinta. La sensibilidad me hace ver esto y muchas otras cosas y me permito llorar por ello aunque no pueda cambiar la vida de ese señor que vende linternas en la oscuridad de un colectivo ni devolver a la vida a mi abuela. La escritura sí me permite darle vida a ambos con estas palabras, volverlos visibles. Y ahí se fueron las primeras lágrimas verdaderas de un duelo que durará lo que tenga que durar o lo que mi egoísmo se empecine en que dure.

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